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Que a todos lados lo siga la carne. Cocínese un bife y almuerce carne. A la noche salga a comer a un bodegón con amigos y pida parrilla. Cene carne. Olfatee el olor que le queda impregnado. Huela su ropa. Huela la carne. Huela a carne. Vuelva a su casa y siga oliendo carne entre las cuatro paredes de su dormitorio. Que todo en usted sea vaca cocida. Su ropa, su piel, sus pelos, todo. Que le repugne ese olor. Que le recree muy patente una suerte de destino de fonda, una lejanía con la mar salada que picaba en la piel. Interiorice la diferencia entre su vida adulta, urbana y caldosa, y aquella infancia a pelo, con arena entre las piernas. Dígase “mi vida cambió.” Después de afirmarlo piense si lo había notado con la nariz. Pregúntese “adónde se han ido los perfumes de pollo, las salidas domésticas, improvisadas a la nada, en bicicleta, con el viento entrando por las fosas para adentro del cuerpo.” No llore las diferencias. Sólo diferéncielas. Y así, con ese registro, aproveche el próximo fin de semana largo para viajar a la costa a probar un poco otra cosa -aunque ya sea suya de antiguo-, alternando lo que tiene y lo que podría ser, entre reminiscencias y repeticiones totalmente nuevas, esa parte suya que le hace creer que la vida tiene sensaciones a la espera para usted. No las haga esperar más. Que ellas no esperen. Y usted no espere. No ejercite esa práctica melancólica que es la espera. Nada se puede esperar en esta vida más que la muerte. Y no se olvide de comer panqueques con dulce de leche una vez salido del mar.

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¿Quién fue el que puso una cabeza donde tenía que ir su alegría? A machetazos sea otro. No se termina la noche porque se apaguen las estrellas sino cuando gire al sol. Voltear. Hacia otro lado. Dar la espalda un poco. O de a poco. Como pueda. No se sienta obligado a servirle más a sus protestas. Una volteada. Un giro sobre su eje. Y ya. Otro. Redondeando. Pegando la vuelta.

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No pensar es sólo hacer. Sólo hacer es no parar. No parar es correr y correr es pasar por alto. Pasar por alto es perder una oportunidad. Perder una oportunidad puede ser triste. Triste es el desconsuelo. El desconsuelo detiene. Detenerse es mirar. Mirar es pensar. Pensar es creer en otra oportunidad. Pensar dos veces es dudarlo. Dudarlo es darse una tercera oportunidad. Pare a ver el horizonte cada tanto. Quizá justo ve cuando cae una idea.

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En todas las etapas de su vida, mientras se adapta a lo que hay, también dedíquele un tiempo a sus propios sueños y proyectos. No sea cosa que justo cuando se anime a algo ya no tenga nada que arriesgar.

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Que su destino traicionero lo abandone, y le entregue a cambio una historia de adopción. Adopte la historia que le toca vivir y deje de machacarse la cantinela de la cruel realidad. Viva su vida con sus años. Y con sus sentimientos. Parece un pedido estúpido, pero no lo es: hay quienes viven su vida creyéndose otro. Que ese no sea usted. Al contrario, logre que su vida afecte sus sentimientos y sus ideas. Que sea esta historia que usted vive como suya la que le de otra manera de comprender el mundo. Y que sea tanto el tiempo que haga que conviven que los haya hecho parecer la misma cosa.

Asuma que usted primero quiso una vida de éxito fácil y no otra cosa. No esta vida de túneles y espejos –por decirlo así-, en los que anda tanto a tientas, en los que se ve tan deforme. Que el recuerdo de haber querido ser otro le niegue la posibilidad de ser definitivamente éste que deambula. No sea usted el que se mira. Que sea su unión con su historia la que le haya dejado en las manos todo lo que ya no es. Sin embargo, que haya una idea, una sola idea de las de antes de todo esto; una que no lo abandone todavía. Una idea que lo persiga atormentándolo permanentemente. Que sea una idea simple pero cruel que le dicta; que sea eso exactamente: que le dicte lo que interfiere en sus nuevas cosas, en su vida de ahora; que le haga pensar: Yo tuve otra vida despojada de todo esto, una vida de sueños fáciles. No lo niegue. Si alguna vez fue niño o niña, usted tuvo una vida de sueños fáciles, de ambiciones de una pretensión radiante, preciosa, que cualquier adulto frustrado vería como el ideal de una mente estúpida, inadaptada.

Note ahora que todos estos años de olvido de aquellos sueños iniciales lo dejaron cerca de gente encantadora, de oportunidades que jamás hubiera buscado, y de amores, de viajes, de lugares, de palpitaciones que, a veces, se sientan tan fuerte que se parezcan demasiado a esas otras palpitaciones que usted sabe que tuvo por sus sueños fáciles antes de todo esto. Que su vida de éxitos fáciles haya sido desplazada por un destino de asombros para usted, como si fuera una historia ajena pero suya. Una historia de novedades para usted, de abismos y algún riesgo para usted. Que no sea un consuelo. De verdad, que no sea un consuelo, y que sea otra vida. La vida que usted no quiso y que le tocó en suerte, a pesar de haber querido un éxito fácil.

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Frases para despedir el verano y recuperar la vida ciudadana:

 

No desprecie lo poco. Alégrele el esfuerzo enorme que hace por mostrar.

 

No desconfíe del desconcierto. Déjelo que desconcierte en el sendero ambiguo de la tenue claridad.

 

Muera de golpe. De a poco se muere más.

 

No desconfíe de los reencuentros si usted ya está en otro lugar.

 

No mate las penas. Piérdalas solamente, para volverlas a encontrar.

 

Quien se defiende no sueña; elucubra.

 

La estabilidad es lo más dañino para alcanzar la susceptibilidad.

 

Nunca se tiene una segunda oportunidad para causar la primera impresión.

 

Las batallas contra el coraje son las únicas que se ganan huyendo.

 

Que su necesidad de huir de usted no lo deje postrado en su propia cama a fin de cuentas.

 

Cuando necesite leer un libro escríbalo.

 

Cánsese. Quiera usar el pasado como sofá. Y oír de labios desconocidos su propio nombre.

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No llore al amor en nombre de un amor. Sí llore a ese amor en nombre de ese amor. Lamente –si lo siente- la pérdida de su amor. Pero no lo haga en nombre Del Amor. Porque, aunque usted haya perdido al suyo, el Amor continúa rozagante. Si quiere ser un imbécil lamente la pérdida del amor. Si quiere ser un hombre llore su amor. No es hombre quien se pierde en las ideas del amor, y sí quien se encuentra en la ausencia de su amor. No se lloran los genéricos quiero decir, aunque, a veces, uno se descubra llorándolos. Se llora lo que se es, y no lo que hay. El que llora la idea no vive, más bien se enrola. Los que se enrolan pueden hacerlo en nombre de todas las cosas. En nombre del deber uno se puede enrolar en la obsecuencia. Y en nombre de la fidelidad se puede ser fiel a cualquier cosa. La traición a veces es un acto de heroísmo. Sea heroico. Pero para ser un héroe antes hubo que haber amado. Haya amado, haya perdido, y siga adelante sin su amor. Pegue el gran salto que lo regrese a su soledad –el gesto más desgarrador para el amante que tuvo un amor-. Una vez dado el salto comprenda que ya no ejerce de amante, que se esfumó el idilio, que fue abandonado en el medio del desierto, y que ahora es un hombre desvalido que supo estar satisfecho y que va a tener que empezar otra vez.

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