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  • Escuche un perro ladrar. Mientras lo escucha asuma que viene teniendo un resentimiento espantoso. Cuando el perro se calle no oiga nada más. Ahora escuche un auto pasar. Vaya a su armario y póngase un abrigo de lana. Mire hacia arriba. El cielo está gris, y usted tiene puesto un abrigo de lana, cosa que nunca hace adentro de su casa. Escuche que pasa una ambulancia. La sirena. Que eso lo retrotraiga al comienzo del día. Recuerde que hoy se despertó en la casa de un joven amante al que viene viendo últimamente. Y recuerde que este amante lo invitó a ir a su casa para darle una sorpresa. Recuérdese yendo entusiasmado. Las sorpresas siempre le gustarán, ¿no es cierto? Véase cenando algo ligero la noche anterior. Quesadillas, por ejemplo. Con un vino que usted llevó. Y ahora recuerde la sorpresa que su amante le dio. ¿Una cama, verdad? Recuerde eso. Las dimensiones de la cama. Una cama nueva, doble, para ustedes dos. La anterior cama de su amante era una cama simple, de una sola plaza. Incómoda para dos. Recuerde lo que pensó cuando descubrió el regalo de su amante: Es la cuarta vez que nos vemos y ya compró una cama nueva, nuestra, para dormir en su casa. No niegue que es la primera vez en años que alguien tiene un gesto tan amoroso con usted y descarte esa idea que anda dándole vueltas en la cabeza respecto de que dormir en camas dobles es un beneficio de la adultez y de la independencia que, tarde o temprano, se comprende y se adquiere. No aniquile el romanticismo esta vez también. Recuerde la efusividad con que festejó la sorpresa. Y recuerde también el terror que sintió al aceptar semejante regalo. Deje de pensar. Vuelva a su aquí y ahora. En su casa con abrigo de lana y tarde gris. Construya una relación un poco más comprometida a partir de esto. Entienda que se le ofrece, por fin, una oportunidad de camas dobles en este mundo. Ahora no sea usted quien cierra los brazos. Las camas dobles en las cuartas citas, si son a estrenar, condensan toda la historia que se puede llegar a vivir dígase. Y no se eyecte como un cohete.
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Combatir no es ponerse cualquier peluca. Combatir es ayudar a los pelados.

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¿Le tiembla el labio? ¿No lo puedo controlar? ¿Y hace un par de meses ya que la persiana de su cuarto no se levanta? ¿Tiene que llamar a un cortinero? ¿Arreglar lo que se trabó? ¿Y no lo hace? La luna es linda llena y el sol cuando atardece, ¿no? ¿Por qué no lo hace? Haga esfuerzos por recordar cuánto lo inspiraban las horas precisas asomado a su ventana mirando. Recuerde también el placer que le daba fumar mirando el cielo en compañía de algún amor. No es lo mismo algún amor que ningún amor. ¿Ahora la pieza se le llena de cuerpos que no quieren amor? ¿Hay cuerpos que vienen y van? ¿Pasean por su casa? ¿El suyo se acostumbró a recibir amablemente el desfile insaciable de cuerpos que vienen y van? ¿Nadie nota la persiana? ¿Nadie pide levantarla? ¿Se llora en otras casas? Que la suya no alcance sólo para olvidar con los años la cita. O sí. ¿Por qué no? Usted es su dueño. De usted mismo y de su casa. Ejerza su propiedad. Haga lo que le plazca con lo suyo. Si quiere que así sea deje que la casa sea quien lo habita con sus costumbres. Note cómo ella puede pasar a ser su dueña por obra y gracia de sus decisiones. Que sea ella la promotora de su vasto anecdotario. ¿Se siente exigido por las intensidades de la casa? Paradoja de su mente: creyó que retirándose del plan del mundo, de su destino tierno y cariñoso, y quedándose en su casa, liberaría a su cuerpo del olvido de las calles. Y sin embargo, ahora, ya en casa, abren y cierran su puerta los seres reconciliados con su terror. Los olvidadizos. Los que lo olvidan. Se lo traen de todos modos al olvido como si usted quisiera. Como si le abriera la puerta justo a esas calles que usted había decidido ya no caminar. El ansia de tenerlas. Y no hay respiro que valga. Todo vuelve a empezar, una y otra vez la puerta se abre y usted se dice que así sí está protegido de aquello de lo que huyó. Del olvido, del desamor. ¿Ya se regala con la misma cotidiana displicencia con la que antes se reía? No se pierde la fe hasta que uno no la pierde. Anote esa frase. O ubique cuándo ocurrió mejor. Y note que ese día los cuerpos empezaron de a poco a entrar en su casa, disfrazados de amadores embelesados, para dejarlo igual que antes, sin más, sin menos, idéntico, incapaz de ser apasionado. Pero no hay saciedad que por bien no venga. Tenga presente que después de eso no hay mucho más. Se va la fe a otras casas. Y uno se queda con taquicardias, dolores de panza, labios que tiemblan. Es un ritmo el que aniquila. La frecuencia suficiente para perder el sosiego. Por suerte todavía se da un tiempo para el recuerdo: la ventana abierta, su cuerpo asomado, el aire fresco. No hay peor sordo que al que se le trabó la persiana. A lo mejor la luz de la luna y la de los atardeceres tengan la obligación de ocultarse ante algunos de nosotros. No empiece una lucha estúpida por un preso en su hogar. La fe de amar, de sentirse amado, ya va a volver. Dígase cosas como desopilante vacío, mente en blanco, cosas así. Es como la persiana rota que lo deja en la oscuridad. ¿Es ese roce ardiente con lo obvio, la incapacidad de salir a la luz; son sus lágrimas? ¿Aunque sea por hoy? ¿Aunque vayan a secarse mañana? No se preocupe. Llame al cortinero, para empezar.

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No vuelva todos los días a casa sin un centavo en los bolsillos. Pero un día si. Puede pasar. A usted le puede pasar. No necesita caer en la indigencia para eso. No se necesita tanto para tan poco. Salga del trabajo y camine después de un día de trabajo intenso. Piense en sus éxitos; piense que no le fue mal. Usted, durante el día, se desempeñó como un marinero eficiente en alta mar. Logre ver la imagen. Camine por la calle, a la salida del trabajo, sabiéndose reconocido por su capacidad para resolver problemas en él. Las buenas prostitutas saben que son prostitutas. Piense algo de eso en relación a usted mismo. Usted sabe de su entrega, de su capacidad de servicio y de su inteligencia. Usted hizo algo bueno para usted: se puso al servicio de su jefe, y con éxito. Aceptó de buena gana todos sus deseos, y así, su rango aceptó de buen grado su cuerpo y su voz. Antes de regresar a su casa vaya a comer con sus compañeros de oficina para comentar con ellos el día con euforia. Siéntese en la vereda de un restorán peruano. Coma una pollada -pollo frito pero sin empanar- y unos fideos con pollo. De tomar, cerveza. Sienta el calor agobiante del verano en la ciudad. A la hora de pagar deje todo lo que tenga. Y después de charlas fugaces de sobremesa despídase de todos y emprenda el regreso a casa para descansar y volver fresco al trabajo a la mañana siguiente. Sienta una euforia grande. Camine sintiéndose un hombre. Usted es el marinero que surca mares y eso le alegra toda la existencia. Quiera cigarrillos para fumar en casa solo y elevarse, así, en sus regodeos. Deténgase en un quiosco atendido por japoneses. Una vez parado frente al quiosco dese cuenta que la plata que le queda no alcanza para comprar ni el más chico de los atados de cigarrillos. Que le falten centavos. Asómese a la ventanita del quiosco y pida fiado al quiosquero. El japonés balbuceará algo ininteligible, pero que su movimiento de cabeza le haga entender que se niega. Sin embargo, deje que lo sorprenda otro comprador al lado suyo con cinco helados en las manos y una botella grande de agua mineral abajo del brazo. Que este desconocido le ofrezca las monedas que a usted le faltan para comprar su atado de cigarrillos. Agradézcaselo tres veces mientras el japonés le da su etiqueta. Intente esbozar unas razones de su falta de dinero pero no lo logre. Siga su camino rumbo a casa. Una vez en ella, vacíe sus pantalones y encuentre dos monedas en el fondo de uno de los bolsillos. Que una sea de un peso y la otra de veinticinco centavos. Sonría. Que se le vuelva inútil el gesto de su amable desconocido pero manténgale la gratitud. Ahora entienda que, por no revisar bien sus bolsillos, permitió que otra persona pudiera acercársele. Recuerde la satisfacción de su misterioso colaborador a la hora de apañar su vicio. Recuerde un guiño de ojos y un dedo pulgar erguido. Vuelva a sonreír. Piense Cuánto bien trae la ayuda inesperada y obviamente fume.

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¿Qué pasa?: ¿Decidió matar el tiempo y se le alargó? ¿Por qué no vuelve al cine? Seguro que algo nuevo ya se estrena.

Ahora bien, si usted no es tan cobarde como para seguir dedicándole toda su vida de vigilia a los pasatiempos, entonces siga leyendo. Usted tiene un complejo de inferioridad que le queda grande. Así es. Usted es mucho menos que aquello que a usted lo acompleja. Pero no se apene. Acá lo importante es llegar a usted mismo, sea lo que fuere que eso signifique. Así que, basta. Termínela. Reduzca sus posibilidades a lo que lo entusiasme y punto. Una vez demarcado ese camino, ocúpese de parecer aquello que quiere ser. Entienda de una buena vez que no le alcanza con hacer esto o aquello. Además de hacer usted tiene que parecer eso que hace. Imprímase el catálogo de gestos que dan objetividad a eso que usted dice ser. Entusiásmese con ese aspecto de profesional de su ser que le va a traer abundante clientela.

Llegó la hora de mostrar lo definitivo de usted. No muestre otra cosa que hubiera podido ser. Exprésese sólo como aquello que ya decidió que nunca más perderá de sí. Tenga las bolas suficientes: empiece a aceptar que usted ya no podrá dejar de ser algunas cosas. Sea abnegado con la puesta en escena de lo definitivo de usted. No escatime en léxicos ni en presencias, lo mismo que en silencios y en ausencias. Retírese de aquellos ámbitos que no le aporten notoriedad a su ser definitivo, y viceversa. Sea cual fuere el quehacer que usted elija imponer de sí, muéstrese un poco descontento con la importancia que el dinero tiene en nuestra sociedad. Ese pensamiento expréselo cada vez que pueda. Cuando un profesional adaptado se muestra dolido por injusticias humanas el contraste genera el drama necesario para llegar a ser una verdadera persona.

Sea un mayorista-minorista de sus afirmaciones de sí. No pare de venderse a todos y a cada uno, al mejor y al peor postor. Entrénese en eso. En tal caso, aproveche los peores postores para practicar su propia venta para que, llegada la gran oportunidad, usted ya sepa de memoria cómo hacerlo.

Además, haga una lista de compradores ideales para usted. Sea sincero en este sentido, tanto como cuando definió qué cosa perpetuaría de sí. Entienda que tanto la una como la otra son caras de una misma moneda.

Repasémoslo todo: Ocúpese de tener la apariencia de aquello que quiere ser. Sea usted su propia mercadería: elabórese, empaquétese y véndase. La clave del éxito sería que todo esto lo convierta en una persona espontánea.

Piense bien qué quiere: note con qué facilidad pone sus mayores expectativas en cualquier cosa. No sea necio a la hora de elegir un rumbo para su vida. Elija algo para lo cual tenga cierto talento, en algún sentido aunque más no sea. Pregúntese si no tendría que haber seguido jugando al tenis. Nada es poco a la hora de ser algo. Lo importante es que aquello que elija ser le de sed y hambre de triunfo. Tenga tanta hambre que se comería cualquier cosa. Con papas. Repase sus fantasías sobre usted mismo. Si no encuentra muchos amores no se alarme. Siempre vuelva al primer amor, si es que no tuvo otro. Vamos, arremeta de una vez con lo suyo. Llegó el tiempo de su presencia. Vamos. Arde Troya y usted sin pelo. Tome el toro por las astas: Peso que entre, pelo que compre.

Piense en el vestuario. El hábito hace al monje. Cuando un cura sale a la calle vestido de civil no es tratado como cura. Y así todo. Aprovecho para volver a decir –si es que no lo estoy diciendo por primera vez- que no todos mis consejos y sugerencias son altruistas. A veces me veo obligado a dar consejos de porquería. Presiento que éste es uno de esos. Pero no penetre en mayores sentidos sobre este párrafo. Más bien continúe adhiriendo a los anteriores y a los que sigan abajo.

Sepa que, a como vienen de persistentes los traumas, la vida tendría que ser un poco más larga. Lo verán nuestros hijos. Tal vez nuestros nietos. Mientras tanto no me salga con eso de que hacer carrera deshace deseos. Bla, bla, bla. Haga una carrera de su vida. Corra. Rápido. Nadie esperará nada de usted si usted no nos lo da por adelantado. Ame antes que nadie lo ame a usted. Si no sabe hacerlo, constrúyase ese mundo al cual amar y después constrúyase su propio personaje de amante. Ame a las claras. Y también a escondidas. Huya para amar, y publíquese amando. Dedíquele –ya le digo- sus mejores esfuerzos a todo esto y recibirá la recompensa. Alguna. Una. La de ser alguien. Naturalizado. Ni más ni menos. Una persona enmarcada en la vida compartida. La que es mirada por los otros. Y la felicidad lo colmará.

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Si usted siente que no está a la altura de sus ganas vuelva a la terapia. Esta vez elija un terapeuta diferente: si antes fue una mujer que ahora sea un hombre. Y viceversa. Tenga cuatro, cinco sesiones. Que las sesiones sean los viernes. Escuche de su terapeuta alguna frase parecida a Usted tiene que patear el tablero, y usted contéstele algo así como que no sabe cómo. Entonces escuche que él le dice que Entonces no lo haga. Piense Maldito terapeuta irónico. Dígase que usted no paga para que le den respuestas con sorna. Para humor vaya al teatro. Sienta ganas de decirle a su terapeuta que quiere vestirse de mujer. Que quiere cantar tangos o lo que sea vestido de mujer. Pero no llegue a decirlo. Y acepte los aumentos de honorarios cuando él se lo sugiera. En síntesis: tenga pelotas para tocar fondo y un buen rouge para salir a flote.

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Aproveche el tiempo. Si sale por jabón traiga leche. En la medida de lo posible. Sabemos que no estamos dados para la síntesis, para resolver en un dos por cuatro. Para matar dos pájaros de un tiro quiero decir. Para eso tendríamos que saber apuntar con un arma y que, encima, los dos pájaros vuelen en perfecta hilera. Tranquilo. No hay nada de malo en volver a salir al mercado por algo más que se nos haya olvidado en la primera ida. Enoja pero no daña. Así que vuelva. A veces le será más útil dar un paso y pensar el siguiente, dar el otro y pensar el siguiente. Porque, con todo, más vale pájaro en mano que no poder matar de un tiro ni a uno.

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