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No llore al amor en nombre de un amor. Sí llore a ese amor en nombre de ese amor. Lamente –si lo siente- la pérdida de su amor. Pero no lo haga en nombre Del Amor. Porque, aunque usted haya perdido al suyo, el Amor continúa rozagante. Si quiere ser un imbécil lamente la pérdida del amor. Si quiere ser un hombre llore su amor. No es hombre quien se pierde en las ideas del amor, y sí quien se encuentra en la ausencia de su amor. No se lloran los genéricos quiero decir, aunque, a veces, uno se descubra llorándolos. Se llora lo que se es, y no lo que hay. El que llora la idea no vive, más bien se enrola. Los que se enrolan pueden hacerlo en nombre de todas las cosas. En nombre del deber uno se puede enrolar en la obsecuencia. Y en nombre de la fidelidad se puede ser fiel a cualquier cosa. La traición a veces es un acto de heroísmo. Sea heroico. Pero para ser un héroe antes hubo que haber amado. Haya amado, haya perdido, y siga adelante sin su amor. Pegue el gran salto que lo regrese a su soledad –el gesto más desgarrador para el amante que tuvo un amor-. Una vez dado el salto comprenda que ya no ejerce de amante, que se esfumó el idilio, que fue abandonado en el medio del desierto, y que ahora es un hombre desvalido que supo estar satisfecho y que va a tener que empezar otra vez.

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