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Los días de desesperanza que no sean todos. Que acudan, sí, a sus horas inoportunamente y que lo inviten a bailar su vals. Pero a veces. Cuando ocurra, usted vístase de gala. Póngase un moño, zapatos, esas cosas. Disfrácese entonces. Viva sus días ataviado de partenaire. Acompañe a su tiempo torpemente, tropezándose. Sepa que usted no está hecho para el vals. Haga lo que pueda. A lo largo de los años vaya aprendiendo un poco. Hay un cierto don de gente en usted que le impone ser el compañero respetuoso de sus días de amargura. Tómelos de la cintura y gire y gire. De a tiempos sonría. Huela su perfume que entra hasta el estómago. A la vez, construya lazos distraídamente. Y uno de esos días cualquiera caiga en la cuenta: véase -como si se parara frente a un espejo- bailando ya muy bien. Imagine que se cierran unas puertas de un gran salón, que suena la música del vals aquel, y que usted -recién bañado y de etiqueta- le sonríe a sus humores -no a todos y a cada uno sino a los de la contemplación; a los del camino del retiro, del renuncio- diciéndose fugazmente que este es su rumbo -aunque parezca no tenerlo casi siempre-. Dese cuenta que usted ya se siente todo un hombre errante y orgulloso del errar, convencido de que éste es su carácter y no otra cosa. Bastante ya se ha dicho al respecto como para no estar lo suficientemente convencido: que conoce de sobra lo que significa la desilusión, que sabe del sobrecogimiento y que se da muy bien a la entereza en la pérdida. Siga adelante con sus días. Construya una suerte de felicidad de superviviente con todo eso. Pero que este desánimo no dure todos los días. Que no pase mucho tiempo hasta que unos labios carnosos quieran besarlo. También ocúpese un poco de esto otro. Y acá está la clave: no abandone las bifurcaciones del camino. No se haga hombre de un sendero principal. Ocúpese de verse en otro tiempo, bailando otros ritmos también, una música que no sea el vals aquel. También sea ese ser amable que usted sabe ser con sus chances de vivir otra cosa. A otro lado con esa cantinela de vez en cuando. Pruebe eso: ordénese salirse de ese lugar donde usted cree que está su verdadero ser. Digámoslo de una vez: si es que hay un verdadero ser, ese sería el que lo haga llorar y reír sin chances de sofrenarse. Cuando se sienta arrasado por las fuerzas de su propia risa y de su propio llanto, habrá descubierto el lugar donde su “verdadero” ser habita. Añore ese tiempo que no puede recordar porque todavía no lo ha vivido. Convénzase de que le faltan vivencias por vivir, y que esas vivencias, quizá, no lo dejen ya más sentado en la paradoja. Si leyendo esto lo empieza a embargar una fe, un entusiasmo por pensarse desplazado finalmente de todos aquellos lugares tan recorridos por usted mismo, entonces brinde por eso. Brinde a ciegas por usted en el futuro. Ordene su ropero, elíjase una ropa holgada, báñese y póngasela. Confíe en la lluvia. Salga a salpicarse la cara y a no ver muy bien. Gotee. Sienta de nuevo cómo late su corazón.

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