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Extrañe a su ser amado. O sea a usted. Extráñese. Extráñeselo. Extráñesela. Siéntese a escribir para tratar de pensar en otra cosa y escriba Me extraño. Escriba sobre usted sin querer. Escriba que se extraña en la forma de aquel ser encendido que recuerda en sí. Es decir, de aquel que supo ser, que supo haber sido. No extrañe lo que no puede recordar. Y recuerde sólo aquello que al ser recordado lo entristezca. Así podrá extrañarse a usted mismo. Recuerde momentos maravillosos de su vida: su frondosa cabellera de la juventud, por ejemplo; el color definido del pigmento de los pelos, el impulso deseoso que lo expandía hacia el infinito. Fíjese la hora. Entienda que se le hizo tarde escribiendo que se extraña. Que ya no va a dormir. En tres horas usted tiene que levantarse. Pero como su recuerdo lo desveló ya no puede relajarse tanto como para descansar. Lo siguiente al desvelo que sea la idea fija. Esa idea persistente que le haga decir Yo quiero volver a ser aquel. No por aquel, si no por encendido. Entiéndaseme: aquí no queremos retrotraernos, si no impulsarnos por efecto de la condensación del pasado acá. Por eso mismo digo: Aquel que fue es. Sigue siendo. De la misma manera que aquel que no fue sigue siendo; o sea, es en potencia (Platón). Pero lo que nos importa ahora es esa vehemencia de sus ansias que perdura en sus océanos de tiempo (Drácula). Ese que fue; ese del que a usted le quedan registros de haber interpretado. Ese nos importa. Porque ese también está ahí, en usted, es usted, un usted solapado, atrofiado, lloroso, humillado, a la espera de una revancha. Vamos: usted sabe -en algún lugar de sí- que su ser feliz y contento quedó. Está. Vamos a usarlo.

Usted nunca se durmió. Ya es más tarde que hace un rato. Pregúntese si usted se lo habrá buscado. Recuérdese a más no poder. Traiga para acá todo ese vigor de su vida plena hecha nube del ayer. Que la madrugada ésta sea todos los días anteriores, el descanso y la lucidez plenos. Bueno, tampoco idealice lo que fue…: nunca fue ni tan lúcido ni tan despabilado. Mal que le pese. Afirmemos esto también.

Ahora bien, si usted puede recordarse y extrañarse, entonces usted no es el que es. O, al menos, usted no es el que cree ser. Usted, que cree ser uno que recuerda y extraña, en verdad está siendo el otro: ese que regresa del ayer extrañado. ¿Que cómo se me ocurre? Fácil: usted está siendo ese recuerdo que recuerda. Y justo ahí, usted ya no recuerda y puramente es. Usted es ese que aparece encendido y deseoso ante sus propios ojos. Cada cual es su mundo. Cada cual es el mundo que ve, que se representa ante sus ojos sentimentales. Más a mi favor. Usted es su sugestión, o sea, nos miente cuando dice que se recuerda. Más bien usted juega con sus posibilidades. Y cree que hay unas más reales que otras. No más. Recapitulemos: si usted es lo recordado, pues usted no puede ser el que recuerda. Y si usted ni se recuerda ni se extraña, usted es la potencia de aquello que creyó perdido. No me aplauda. Piénselo. Si necesita, lea de nuevo.

Dígame si ahora le siguen dando ganas de escribir que se extraña. Hoy duérmase una siesta. Hay gente que lo quiere. Bien merecida se la tiene esta noche desvelado. Tontorrón.

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