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No vuelva todos los días a casa sin un centavo en los bolsillos. Pero un día si. Puede pasar. A usted le puede pasar. No necesita caer en la indigencia para eso. No se necesita tanto para tan poco. Salga del trabajo y camine después de un día de trabajo intenso. Piense en sus éxitos; piense que no le fue mal. Usted, durante el día, se desempeñó como un marinero eficiente en alta mar. Logre ver la imagen. Camine por la calle, a la salida del trabajo, sabiéndose reconocido por su capacidad para resolver problemas en él. Las buenas prostitutas saben que son prostitutas. Piense algo de eso en relación a usted mismo. Usted sabe de su entrega, de su capacidad de servicio y de su inteligencia. Usted hizo algo bueno para usted: se puso al servicio de su jefe, y con éxito. Aceptó de buena gana todos sus deseos, y así, su rango aceptó de buen grado su cuerpo y su voz. Antes de regresar a su casa vaya a comer con sus compañeros de oficina para comentar con ellos el día con euforia. Siéntese en la vereda de un restorán peruano. Coma una pollada -pollo frito pero sin empanar- y unos fideos con pollo. De tomar, cerveza. Sienta el calor agobiante del verano en la ciudad. A la hora de pagar deje todo lo que tenga. Y después de charlas fugaces de sobremesa despídase de todos y emprenda el regreso a casa para descansar y volver fresco al trabajo a la mañana siguiente. Sienta una euforia grande. Camine sintiéndose un hombre. Usted es el marinero que surca mares y eso le alegra toda la existencia. Quiera cigarrillos para fumar en casa solo y elevarse, así, en sus regodeos. Deténgase en un quiosco atendido por japoneses. Una vez parado frente al quiosco dese cuenta que la plata que le queda no alcanza para comprar ni el más chico de los atados de cigarrillos. Que le falten centavos. Asómese a la ventanita del quiosco y pida fiado al quiosquero. El japonés balbuceará algo ininteligible, pero que su movimiento de cabeza le haga entender que se niega. Sin embargo, deje que lo sorprenda otro comprador al lado suyo con cinco helados en las manos y una botella grande de agua mineral abajo del brazo. Que este desconocido le ofrezca las monedas que a usted le faltan para comprar su atado de cigarrillos. Agradézcaselo tres veces mientras el japonés le da su etiqueta. Intente esbozar unas razones de su falta de dinero pero no lo logre. Siga su camino rumbo a casa. Una vez en ella, vacíe sus pantalones y encuentre dos monedas en el fondo de uno de los bolsillos. Que una sea de un peso y la otra de veinticinco centavos. Sonría. Que se le vuelva inútil el gesto de su amable desconocido pero manténgale la gratitud. Ahora entienda que, por no revisar bien sus bolsillos, permitió que otra persona pudiera acercársele. Recuerde la satisfacción de su misterioso colaborador a la hora de apañar su vicio. Recuerde un guiño de ojos y un dedo pulgar erguido. Vuelva a sonreír. Piense Cuánto bien trae la ayuda inesperada y obviamente fume.

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Una respuesta a 49

  1. ns dijo:

    entendido. ayuda: ¿dónde hay un quiosco atendido por japoneses? en BA digo.

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